domingo, abril 30, 2006

Ayer mis abuelos cumplieron 56 años de casados. Parece que fue hace poco cuando celebramos sus bodas de oro. Cómo olvidar ese beso que se dieron en el altar. Mi abuela le volteó la cara y mi abuelo la miró un poco sorprendido y después de unos segundos entendió lo que quería hacer mi abuela. Y, así, se dieron el beso más tierno que he visto en toda mi vida entre dos personas mayores. Fue una emotiva ceremonia en la que renovaron sus votos matrimoniales. Vinieron los aplausos, las felicitaciones, las fotos y la fiestita con adornos dorados y el número 50 en el centro.
"Qué envidia señor, felicidades..." eso fue lo que le dijo a mi abuelo el que entonces era enamorado de mi prima. Mi abuelo le contestó:"Estoy seguro que ustedes también festejarán sus bodas de oro". Bueno, errar es humano, mi abuelo falló en su predicción. Hoy mi prima se casó no precisamente con el enamorado de aquel entonces. Hoy se casó con el chico que compartió con ella las aulas en el colegio. Hace cuatro años se volvieron a reencontrar y nunca se imaginaron que sus vidas cambiarían desde ese 26 de enero. Se casaron en la playa, con la bendición de la brisa marina y los rayos del sol.
Cone: (después de un breve discurso en el que le declara su amor) ...Daría mi vida por ti
Fio: (Casi llorando) Había preparado algo parecido pero ya se me olvidó.....Te amo!!!

Puedo ver a través de sus ojos amor incondicional. Un amor que los mantendrá unidos en la salud y enfermedad, en lo próspero y en lo adverso por el resto de sus días. Es esa especie de magia que está detrás de los 56 años que llevan mis abuelos juntos. Tal y como lo describió Rosa Montero hace varios domingos en El Comercio:

Bien, supongo que esto es el amor. El verdadero amor. ¿Y
en qué consiste? En algo muy raro, muy indefinible, muy indecible… En esa música
apenas oída en el borde del sonido. Desde luego no parece tener nada que ver con
la tópica interpretación de la palabra amor: pasiones desatadas, sexo furioso,
embelesado disfrute de la compañía del amado. En el resto de las cartas de
Chandler, y el libro recoge textos desde los años treinta, Cissy apenas aparece
(salvo al final, cuando enferma) y se diría que el escritor es un hombre
bastante ensimismado. Tras la muerte de su esposa, en cambio, Chandler ofrece un
retrato de su matrimonio tan romántico, perfecto e hiperbólico que uno no puede
creérselo de ningún modo. En cuanto a esa frase que antes he citado, “mi gran
pesar es no haber escrito nunca nada realmente digno de su atención”, ¿no
resulta incluso un poco ominosa, si se piensa bien? ¿Tal vez ella le ninguneó de
alguna manera, quizá le hizo sentir que su obra no tenía la suficiente altura
literaria?
Esto no es más que una hipótesis probablemente descabellada, pero
estoy segura de que, en esos treinta años de convivencia, Raymond y Cissy no
estuvieron comiendo perdices durante todo el tiempo. Seguro que se enfadaron,
que discutieron, que se hirieron. Quizá incluso se enamoraron de otros, y
probablemente hubo momentos en los que se odiaron. La vida es así. La
convivencia es así. Una larga travesía llena de accidentes. Tal vez sea
precisamente esa travesía lo que termine uniendo a las personas. Es la
construcción de un pasado común, de una vida a dos. Es el recuerdo de los
instantes dulces, pero también, y quizá sobre todo, la superación de los malos
momentos. Cuando, tras la muerte de Cissy, Chandler describe su matrimonio como
algo perfecto, quizá esté dando una de las claves del éxito sentimental: uno
sigue amando si insiste en amar, si decide seguir queriendo al otro, si
persevera en ello pese a todo. Es algo muy obvio, pero con frecuencia lo
olvidamos.
Las razones por las que perdura una pareja siempre son un enigma.
Cada cual hace lo que puede con su vida emocional, y por lo general podemos
poco. Creo que puedo entender el amor de Chandler, basado, como el de todos, en
la extrema necesidad. Entiendo el aislamiento del escritor, su incapacidad para
relacionarse con los demás, su desarraigo. Y esa vida a veces infernal, pero,
cuando menos, vivida en compañía. Como lobos que entrecruzan su aliento en el
cubil y que se calientan mutuamente en la helada soledad de un largo
invierno.

 
posted by Carmensi at 7:08 a. m. | 0 comments
lunes, abril 17, 2006
Sentada en el suelo, rodeada de mostacillas, pienso en la maldita ley de la gravedad. Y pienso que todos en algún momento caemos. Un torpe movimiento de mi brazo y en un segundo el envase que contenía las mostacillas estaba vacío en el suelo...el piso de mi cuarto se había convertido en un tapiz marrón con puntitos de colores rosados, unos cuantos verdes y otros celestes. Me demoro en recoger una pequeña parte, pero en los rincones cada vez encuentro más y más. Como una niña rebelde que no quiere recoger sus juguetes depúes de terminar su juego me rehuso a seguir recogiendo más mostacillas. Y pienso que me gustaría ser una de esas mostacillas. Cayeron rápidamente y sin dolor alguno ruedan por el suelo, no se preocupan en que tal vez alguien pueda pisarlas y romperlas en mil pedazos, se meten entre las rendijas y no piensan en tener que salir de ese oscuro hueco.
Estoy cansada, por ahora dejo de pensar en mostacillas y me voy a dormir....
....ahora, después de soñar con aretes, collares, pulseras y todo lo que se pueda hacer con mostacillas, estoy dispuesta a recogerlas, aunque la tarea parezca algo difícil "Nobody said it was easy". Ha llegado el momento de que vuelvan a su lugar, quisiera tener una varita mágica que haga el trabajo por mí. Pero no existen varitas mágicas ni hadas ni genios que aparezcan en esos momentos. Cuando te caes, alguien puede ayudarte a levantarte, pero tú decides si aceptas la ayuda y colaboras en ponerte en pie de nuevo o si sigues rodando por el suelo y entrando a hoyos sin salida. Siempre será mejor la primera opción. Porque puedes caer y estar abajo por algún tiempo, eso está permitido, pero levantarse siempre será una obligación!!!
 
posted by Carmensi at 10:05 p. m. | 0 comments