

Hace tiempo mi corazón se fue de viaje. Mi cuerpo reclamaba uno nuevo. Sin embargo, el doctor me dijo que no era necesario buscarme otro, mi corazón sólo necesitaba un tiempo de descanso pues el trabajo durante muchos años había sido arduo. 
Yo no quiero ser princesa.
No quiero tener un reino.
No quiero ser la hermanastra de dos horribles señoritas.
No quiero que me traten como a la peor trabajadora del hogar o del "palacio".
No quiero quedar envenenada por una manzana exquisitamente roja.
No quiero que una señora regordeta con una varita que tiene una estrella en la punta me vista para la ocasión.
No quiero asistir a un baile y no dejar más rastro que un zapato.
No quiero vivir encerrada en lo alto de una torre.
No quiero tener que besar a un sapo.
No quiero que mi rostro aparezca en un espejo cuando alguien diga : ¿Quién es la más hermosa del reino?.
No quiero dormir por años y perderme de todo lo que pasa allá afuera.
No quiero que la parte más feliz en mi vida sea el final de mi cuento.
Sí quiero enamorarme de un hombre que me despierte con un beso.


Vamos a la iglesia, vamos a ver a la mamacha Carmen, que es milagrosa...Y como salido de abajo de la tierra aparece un hombrecito que nos abre las puertas de la iglesia. Que hay que pedir tres deseos cuando entras por primera vez a una iglesia. Bueno pues que sean tres o mejor uno elevado al cubo, para no darle tanto trabajo al que ya trabajo es lo que menos le falta. Y ahí estamos frente a ella, creyentes, devotos, no tan creyentes y no tan devotos. Rezando o haciendo que rezamos, pidiendo un milagro, quizás algo bien terrenal, bien mundano o quizás algo celestial. Nosotros tan mortales, ella tan divina, nosotros tan poco arreglados, ella vestida como para una fiesta, con traje de reina. Y es que ella así lo es para el pueblo. Toda una reina.
Volvemos a donde está toda la población reunida, como una feria dominical sólo que no es domingo y tampoco es feria, es el mercado de siempre. Y me dedico a observar a la gente. Van a paso lento, con unas caras envidiables, no tienen la bulla ni la humedad de la ciudad en sus cabezas. Una pequeñita en la espalda de su madre. Uno disfrutando el paseo en carretilla. Nayelly y Celeste viendo "El Señor de los Anillos" en un televisor comunitario, una niña feliz por el helado de 10 céntimos que su papá le compró y el heladero galáctico que disfruta al mover una espuma rosada al que llama "helado".
El chofer nos avisa que el restaurante que buenamente se ofreció a darnos almuerzo ya lo tiene listo. Y todos comemos como si no lo hubiéramos hecho en días. En poco tiempo ya estamos listos para continuar con el viaje. Dejamos Paucartambo con la promesa de volver pronto y ver esa salida del sol que dicen que es inexplicable en palabras. Algún día será éste el destino, ahora sólo ha sido una corta parada.